La anulación de un fallo de tutela que protegía el derecho de petición no borra automáticamente la obligación de las entidades públicas de respetar las decisiones judiciales mientras estuvieron vigentes. El caso que enfrenta la Cámara de Representantes revela un problema más profundo: la cultura institucional de respuesta tardía, incompleta o evasiva frente a los ciudadanos, incluso cuando media una orden judicial.
