Día del Migrante Colombiano: ¿qué hay que celebrar cuando millones tuvieron que marcharse de su propia tierra?
Cada 10 de octubre, Colombia conmemora el Día Nacional del Colombiano Migrante, instituido mediante la Ley 1999 de 2019.
Para esa fecha, las instituciones organizan actividades culturales, encuentros, conversatorios y reconocimientos a compatriotas que se han destacado en el exterior. Sin embargo, detrás de los discursos de orgullo nacional y de las fotografías oficiales persiste una pregunta incómoda:
¿Qué ha cambiado realmente para los colombianos que viven fuera del país desde que se creó esta celebración?
Desde COLEXRET consideramos necesario cuestionar el sentido, los resultados y la pertinencia de esta conmemoración. No porque desconozcamos el valor, la dignidad, el esfuerzo o los logros de quienes emigran, (el director de esta Casa es emigrante desde hace 25 años), sino precisamente porque creemos que merecen mucho más que una celebración anual. Merecen políticas públicas eficaces, derechos garantizados, instituciones que respondan y un Estado que no se limite a aplaudirlos cuando ya han tenido que construir sus vidas lejos de Colombia.
No se trata de celebrar que los colombianos estén en el exterior. Se trata de preguntarnos por qué tantos han tenido que marcharse, qué ha hecho el Estado para evitar que la emigración sea una necesidad y qué está haciendo para proteger a quienes se fueron.
Una celebración que merece ser cuestionada
El 14 de noviembre de 2019 se promulgó la Ley 1999, mediante la cual se institucionalizó el 10 de octubre como Día Nacional del Colombiano Migrante. La norma estableció actividades de promoción y reconocimiento, divulgación de programas estatales, conversatorios informativos, participación consular y sesiones del Congreso destinadas a escuchar a colombianos migrantes y retornados.
La ley también creó la Medalla Embajador de los Colombianos en el Exterior, destinada a reconocer a personas naturales o jurídicas destacadas por sus actuaciones y logros fuera del país.
Sobre el papel, la iniciativa parece positiva. Reconocer a quienes representan a Colombia en el mundo puede ser justo y necesario. Facilitar información sobre pensiones, salud, impuestos, emprendimiento y otros asuntos que afectan a los migrantes también es importante.
Pero una cosa es reconocer a una población y otra muy distinta es transformar sus condiciones de vida.
¿Qué resultados concretos, verificables y sostenibles se han obtenido gracias a esta conmemoración?
No basta con publicar fotografías de eventos, anunciar una programación cultural o entregar distinciones. Es necesario demostrar cuántas personas recibieron orientación efectiva, cuántos problemas fueron resueltos, qué compromisos institucionales se cumplieron y qué mejoras tangibles experimentaron los colombianos en el exterior.
Si no existen evaluaciones públicas que permitan responder esas preguntas, el Estado debería comenzar por reconocer esa carencia y establecer mecanismos de seguimiento.
Porque una ley no demuestra su éxito por el número de años que lleva vigente, sino por los resultados que produce.
¿Qué hay que celebrar de una emigración que muchas veces nace de la necesidad?
En esta Casa informativa no desconocemos que emigrar puede ser una decisión libre, legítima y enriquecedora. Hay colombianos que viajan por estudios, amor, aventura, oportunidades profesionales, investigación, emprendimiento o deseo de conocer otras culturas. Muchos encuentran en otros países posibilidades que aprovechan con admirable esfuerzo.
Pero la mayoría son compatriotas que salen de Colombia porque no encuentran empleo digno, porque sus ingresos no alcanzan para sostener a sus familias, porque buscan mejores condiciones educativas y sanitarias, porque temen por su seguridad o porque las circunstancias económicas, sociales y familiares los empujan a buscar una alternativa en otra parte.
No todas las migraciones son forzadas en sentido jurídico. Tampoco todas responden a una única causa. Sin embargo, sería irresponsable ignorar que las dificultades económicas, la violencia, la desigualdad y la falta de oportunidades pueden influir decisivamente en la decisión de abandonar el país.
¿Es motivo de celebración que un profesional colombiano tenga que marcharse porque no encuentra condiciones para desarrollar su conocimiento en su propia nación?
¿Debemos organizar una fiesta porque una madre o un padre tiene que separarse de sus hijos para conseguir en el exterior los ingresos que no logra obtener en Colombia?
¿Es suficiente aplaudir al trabajador migrante mientras sus familiares permanecen lejos y su proyecto de vida se construye entre sacrificios, incertidumbres y ausencias?
No. Lo que merece reconocimiento es la dignidad de esas personas, su capacidad de salir adelante y sus aportes a las sociedades de acogida y a sus familias. Pero las circunstancias que obligan a muchos a emigrar merecen análisis, respuestas y soluciones, no celebraciones que puedan terminar ocultando las responsabilidades del Estado.
El orgullo por los colombianos en el exterior no debe convertirse en una excusa para dejar de examinar las razones por las que tantos compatriotas buscan fuera de Colombia lo que no encuentran dentro de ella.
¿Dónde están los resultados nuevos desde la Ley 1999 de 2019?
La conmemoración del Día Nacional del Colombiano Migrante no nació sin obligaciones. La Ley 1999 de 2019 asignó responsabilidades al Gobierno nacional, al Ministerio de Relaciones Exteriores, a las misiones diplomáticas y consulares y a las comisiones segundas del Congreso.
Entre otras disposiciones, ordenó organizar actividades informativas, promover la participación de la comunidad migrante y facilitar espacios institucionales para escuchar a quienes viven fuera de Colombia y a quienes han retornado.
Sin embargo, desde la perspectiva crítica de COLEXRET, el problema es que la celebración continúa girando, en buena medida, alrededor de fórmulas conocidas, actos culturales, encuentros comunitarios, conversatorios, muestras gastronómicas, homenajes y reconocimientos.
Muchas de esas actividades son valiosas por sí mismas. El cuestionamiento no consiste en afirmar que carezcan de utilidad, sino en preguntar qué tienen de nuevo, qué problemas estructurales ayudan a resolver y qué compromisos sobreviven cuando termina la programación.
La propia Cancillería ha divulgado agendas con actividades culturales, gastronómicas, sociales y cinematográficas, así como espacios de diálogo sobre la política migratoria.
En 2024, por ejemplo, anunció más de 35 actividades en distintas ciudades del mundo, con participación de más de 36 consulados. En 2023 también promovió una programación de actividades durante el Mes de la Colombianidad Migrante.
Estas iniciativas demuestran que hay capacidad institucional para organizar eventos y convocar comunidades. Pero el número de actividades no equivale, por sí solo, a una mejora en la protección de los derechos de los migrantes.
La cuestión que COLEXRET pone sobre la mesa es que después de tantos años de conmemoraciones, ¿qué avances se pueden atribuir a esta iniciativa en materia de atención consular, orientación jurídica, acceso a la información, participación ciudadana, retorno digno, empleo, protección social y defensa de los derechos de los colombianos en el exterior?
Para responder no bastan impresiones ni discursos. Se necesitan indicadores, informes comparables, compromisos públicos y resultados verificables.
Si esas evidencias existen, deben divulgarse ampliamente. Si no se han producido, la celebración debería ser una oportunidad para corregir esa omisión.
Los eventos cambian de fecha, pero ¿cambia la realidad del migrante?
Otro aspecto que merece reflexión es la tendencia a concentrar o extender las actividades alrededor de la semana del 10 de octubre, e incluso durante todo el mes.
La Ley 1999 de 2019 contempla expresamente actividades durante la semana del 10 de octubre, por lo que realizarlas en ese periodo no constituye, por sí mismo, una irregularidad ni una contradicción legal.
¿Se está aprovechando esa semana para impulsar una agenda nueva de compromisos, o simplemente se están agrupando actividades que las instituciones ya acostumbraban a desarrollar?
Los encuentros culturales, las jornadas informativas y las reuniones comunitarias no son nuevos en la relación entre los consulados y sus comunidades. Pueden ser necesarios y beneficiosos, pero su programación dentro de una semana especial no los convierte automáticamente en una política novedosa.
Una conmemoración de esta naturaleza debería servir para presentar balances públicos, anunciar medidas con financiación definida, abrir canales efectivos de participación y evaluar los compromisos del año anterior.
De lo contrario, el calendario se convierte en el protagonista y las necesidades de los migrantes siguen ocupando un lugar secundario.
El interrogante no es cuántas actividades se programaron este octubre, sino cuántas soluciones quedaron en marcha cuando se apagaron las luces de los auditorios.
El 10 de octubre colombiano y el 18 de diciembre internacional: dos fechas, una misma población
Existe la relación entre el Día Nacional del Colombiano Migrante, celebrado el 10 de octubre, y el Día Internacional del Migrante, conmemorado cada 18 de diciembre.
La fecha internacional fue proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas mediante la Resolución 55/93, del 4 de diciembre de 2000. Su propósito es promover la difusión de información sobre los derechos humanos y las libertades fundamentales de las personas migrantes, intercambiar experiencias y formular medidas para su protección.
La diferencia de fechas no constituye, por sí sola, una contradicción jurídica. Colombia puede establecer una jornada nacional propia, y el 10 de octubre permite visibilizar específicamente a su diáspora.
Pero sí cabe plantear una pregunta política y práctica, ¿qué justifica que la conmemoración colombiana se convierta en el centro de una programación institucional que, en muchos casos, reproduce actividades tradicionales, mientras la fecha internacional ofrece una oportunidad para vincular la situación de los colombianos con una agenda mundial de derechos, protección y responsabilidades estatales?
El 18 de diciembre debería servir también para evaluar la situación de nuestros compatriotas, exigir protección frente a la discriminación y los abusos, promover la cooperación internacional y reclamar políticas migratorias basadas en derechos humanos.
No se trata de competir entre fechas ni de restarle valor a una conmemoración nacional. Se trata de evitar que la multiplicación de jornadas simbólicas termine dispersando esfuerzos y diluyendo los objetivos que deberían unirlas.
Si el 10 de octubre y el 18 de diciembre tienen como centro a las personas migrantes, ambas fechas deberían traducirse en compromisos medibles y complementarios, no en dos calendarios de actos que terminan sin rendición de cuentas.
Más que homenajes, los colombianos en el exterior necesitan un Estado que responda
Quien reside fuera de Colombia puede enfrentarse a dificultades que no se resuelven con una ceremonia, trámites consulares demorados, problemas documentales, desinformación, dificultades para acceder a determinadas prestaciones, obstáculos para el reconocimiento de estudios, problemas de retorno, situaciones de vulnerabilidad y falta de canales eficaces para participar en las decisiones que afectan a su comunidad.
La intensidad de cada problema varía según el país, la situación migratoria, las circunstancias personales y las instituciones involucradas. Precisamente por eso se necesita una política pública que identifique necesidades, establezca prioridades y evalúe resultados.
El reconocimiento simbólico tiene su lugar. Un homenaje a una científica, un empresario, un artista, un deportista o un líder comunitario puede ser merecido y servir de inspiración. Pero esos reconocimientos no deben confundirse con una política integral de atención a toda la población colombiana en el exterior.
No todos los migrantes son empresarios exitosos, profesionales destacados o personas en condiciones de organizar actividades culturales. También existen trabajadores con empleos precarios, familias separadas, personas mayores, ciudadanos en situación de vulnerabilidad y compatriotas que desean regresar sin disponer de los medios para hacerlo.
Una política verdaderamente incluyente debe llegar a todos ellos.
La Política Integral Migratoria, regulada por la Ley 2136 de 2021, contempla principios y lineamientos relacionados con los derechos humanos, la cooperación internacional, la gobernanza, la participación ciudadana y la integración social, económica y cultural. Esos objetivos exigen actuaciones institucionales continuas, no limitadas a una fecha conmemorativa.
Por eso, el mejor homenaje a los colombianos en el exterior sería comprobar que sus necesidades están incorporadas en los presupuestos, los planes de trabajo, los servicios consulares y los mecanismos de evaluación de las entidades responsables.
¿Qué debería hacerse con el Día Nacional del Colombiano Migrante?
Desde COLEXRET consideramos que el debate no debe agotarse en criticar una celebración. También es necesario formular alternativas.
Si el Estado colombiano desea mantener el 10 de octubre como Día Nacional del Colombiano Migrante, debería convertirlo en una jornada de evaluación pública y compromisos concretos.
Proponemos, como mínimo, cinco cambios:
Primero. Un informe anual de resultados. La Cancillería debería presentar un balance público de los compromisos adquiridos, las actividades realizadas, los recursos utilizados y los resultados obtenidos. No bastaría con contar eventos o asistentes: habría que evaluar su utilidad para la población migrante.
Segundo. Participación efectiva de los colombianos en el exterior. Las comunidades, asociaciones, organizaciones de migrantes, retornados y medios especializados deberían tener espacios reales para plantear problemas, formular propuestas y hacer seguimiento a las respuestas institucionales.
Tercero. Compromisos verificables. Cada jornada debería concluir con medidas concretas, responsables institucionales, plazos e indicadores de cumplimiento. Al año siguiente, la primera tarea debería ser explicar qué se cumplió y qué quedó pendiente.
Cuarto. Atención a quienes más lo necesitan. La programación no debería concentrarse únicamente en actividades culturales o en reconocimientos a personas destacadas. También tendría que incluir orientación práctica, acceso a información fiable y rutas de atención para quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad.
Quinto. Articulación con el Día Internacional del Migrante. Las dos fechas deberían integrarse en una agenda anual coherente de derechos, protección, participación, retorno y cooperación internacional, evitando que la repetición de eventos sustituya la evaluación de las políticas públicas.
Estas propuestas no buscan eliminar el reconocimiento a los colombianos que han construido sus vidas fuera del país. Buscan que ese reconocimiento deje de ser solamente declarativo y decorativo, y se convierta en una obligación institucional evaluable.
¿Y si en lugar de celebrar preguntáramos por qué se van los colombianos?
Un país que ve partir a sus ciudadanos debería interesarse no solo por sus logros en el exterior, sino también por las razones que los llevaron a marcharse. Debería investigar qué factores económicos, sociales, familiares, educativos y de seguridad influyen en sus decisiones; qué oportunidades no encontraron en Colombia y qué medidas podrían contribuir a que emigrar sea una elección y no una necesidad.
También debería reconocer que el migrante no deja de ser ciudadano colombiano por residir en otro país. Sus derechos, sus vínculos familiares, su participación democrática y su relación con el Estado no pueden reducirse a las ocasiones en que se organizan encuentros institucionales.
El país recibe beneficios de sus vínculos con la diáspora, incluidos los intercambios de conocimientos, las relaciones económicas, las remesas y los aportes culturales. Pero esos beneficios no deben utilizarse para presentar toda experiencia migratoria como una historia de éxito ni para ignorar los costes personales y familiares que puede implicar.
La emigración no es, por definición, un fracaso. El fracaso estaría en que el Estado se acostumbrara a perder población, talento y vínculos familiares sin examinar las causas, mientras convierte la experiencia de quienes se marcharon en motivo de discursos de orgullo nacional.
Tampoco sería justo responsabilizar exclusivamente a un gobierno por un fenómeno que responde a múltiples causas y que atraviesa diferentes periodos históricos. La obligación de analizarlo y actuar corresponde al Estado, más allá de los cambios de administración.
Reconocimiento sí, celebración sin resultados no
Nuestra posición es que los colombianos en el exterior merecen respeto, reconocimiento y garantías efectivas. Lo que cuestionamos es que la celebración del Día Nacional del Colombiano Migrante se presente como una expresión suficiente del compromiso estatal con esa población.
No creemos que el hecho de tener que abandonar la tierra propia deba convertirse, por sí mismo, en motivo de fiesta. Sí consideramos que merecen celebrarse los logros personales y colectivos de quienes migran, la solidaridad de sus comunidades y su capacidad para construir nuevas oportunidades.
Pero una cosa es celebrar a las personas y otra celebrar, sin evaluación crítica, las circunstancias que rodean su salida del país.
Por eso, antes de organizar una nueva agenda de actos, las autoridades deberían responder preguntas como:
- ¿Qué cambió desde 2019?,
- ¿Qué compromisos se cumplieron?,
- ¿Qué problemas siguen sin solución?,
- ¿Qué recursos se destinaron?,
- ¿Qué mecanismos de participación funcionan realmente? y
- ¿Qué resultados puede comprobar la población migrante?
Mientras no haya respuestas claras y verificables, seguirá siendo legítimo cuestionar si esta conmemoración está cumpliendo el propósito que justificó su creación.
Menos discursos, más derechos y resultados
El 10 de octubre no debería ser simplemente otra fecha para repetir mensajes de orgullo, organizar encuentros culturales y entregar reconocimientos. Debería convertirse en una oportunidad para examinar, con rigor y transparencia, la relación entre Colombia y sus ciudadanos en el exterior.
Si el Estado quiere rendir homenaje a sus migrantes, debe hacerlo durante los 365 días del año, prestando servicios adecuados, garantizando información fiable, facilitando la participación ciudadana, protegiendo derechos, fortaleciendo las políticas de retorno y creando condiciones para que quienes deseen permanecer en Colombia puedan construir aquí un proyecto de vida digno.
Desde COLEXRET insistimos en que no basta con aplaudir al colombiano que triunfa fuera de su país. También hay que escuchar al que sufre, al que trabaja en condiciones difíciles, al que está separado de su familia, al que necesita ayuda y al que desea regresar.
Y, sobre todo, hay que preguntarse qué está haciendo Colombia para que marcharse no sea la única salida que muchos encuentran.
Porque el verdadero homenaje al migrante colombiano no consiste en dedicarle un día en el calendario. Consiste en demostrarle, con hechos, que su país no se acuerda de él únicamente cuando llega la fecha de celebrarlo.
COLEXRET: Ejercemos periodismo crítico, pedagógico y propositivo al servicio de la población migrante colombiana.
La clave del éxito?
«INSISTIR, PERSISTIR, RESISTIR, y NUNCA DESISTIR», pues «No existen cosas imposibles sino seres incapaces», así que «Nunca rindas el ánimo, solo por medio de fatigas se logra la victoria».


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