Después de recorrer esta parte de nuestra investigación, conviene detenerse por un momento y plantearnos algunas preguntas.
- ¿Seguimos celebrando el inicio de la independencia o celebramos una interpretación simplificada de ella?
- ¿Conocemos realmente el proceso histórico o únicamente recordamos uno de sus símbolos?
- ¿Podemos comprender la Colombia actual sin entender las profundas divisiones políticas, sociales y económicas que comenzaron a hacerse visibles desde aquellos años?
Y existe otra pregunta que acompañará toda esta investigación:
Si el 20 de julio representó el nacimiento de un proyecto de nación, ¿por qué más de dos siglos después millones de colombianos han encontrado su proyecto de vida fuera de esa misma nación?
Responder esa pregunta exigirá recorrer doscientos dieciséis años de historia, y apenas estamos comenzando.
La Reconquista Española: cuando el sueño de libertad se convirtió en terror (1815-1816)
«Pacificar» a cualquier precio
Mientras las provincias de la Nueva Granada continuaban divididas por sus diferencias políticas, al otro lado del océano la situación había cambiado radicalmente.
Fernando VII había recuperado el trono de España, y su decisión fue inmediata, recuperar las colonias americanas que habían desconocido la autoridad de la Corona.
Para ello organizó la mayor expedición militar enviada hasta entonces a América.
Al mando fue designado el general Pablo Morillo, veterano de las guerras contra Napoleón y considerado uno de los oficiales más experimentados del ejército español.
Su misión era clara, no iba a negociar, no iba a conciliar; y a cambio debía restablecer el dominio español y castigar a quienes habían promovido la insurrección. La guerra entraba en una nueva etapa.
Cartagena: el primer gran objetivo
En febrero de 1815 la expedición española llegó al Caribe llevando como su principal objetivo Cartagena de Indias, una ciudad estratégica por su puerto, sus fortificaciones y su decidido respaldo a la causa independentista.
El sitio fue devastador. Durante meses la ciudad resistió el bloqueo militar y marítimo, pero el enemigo más letal no fueron los cañones, fue el hambre, la escasez de alimentos, las enfermedades y el agotamiento acabaron con miles de vidas.
Cuando Cartagena cayó en diciembre de 1815, la Reconquista española había comenzado formalmente, y el mensaje para el resto de la Nueva Granada era contundente…España había regresado.
El Régimen del Terror
Tras recuperar Cartagena, Morillo inició su avance hacia el interior del territorio.
No pretendía únicamente derrotar ejércitos, buscaba destruir cualquier posibilidad de una nueva rebelión, y para ello instauró una política basada en el miedo.
Se crearon tribunales militares extraordinarios en donde muchos procesos judiciales duraban apenas unas horas.
Las condenas eran rápidas, y en numerosos casos, terminaban frente a un pelotón de fusilamiento.
Otros eran enviados a prisión, mientras muchos perdían todos sus bienes mediante confiscaciones ordenadas por las autoridades españolas.
Las familias de los llamados insurgentes también sufrieron persecuciones, pobreza y destierro.
La intención era clara. Que nadie volviera a pensar en desafiar al rey.
Los mártires de la independencia
La Reconquista dejó una larga lista de víctimas; entre ellos:
- Intelectuales.
- Militares.
- Religiosos.
- Funcionarios.
- Comerciantes.
- Campesinos.
- Hombres y mujeres que habían apoyado, de una u otra forma, el movimiento iniciado en 1810.
Entre los nombres más recordados se encuentran Camilo Torres Tenorio, Francisco José de Caldas, Jorge Tadeo Lozano, José María Carbonell y, tiempo después, Policarpa Salavarrieta, convertidos en símbolos del sacrificio por la independencia.
Muchos fueron ejecutados públicamente.
España buscaba sembrar el miedo, pero, paradójicamente, aquellas ejecuciones terminaron fortaleciendo el sentimiento independentista entre buena parte de la población.
Los fusilamientos no apagaron el deseo de libertad, lo hicieron más profundo.
Una guerra contra las ideas
La represión no se dirigió únicamente contra quienes empuñaban armas, también se persiguió a quienes escribían, a quienes imprimían periódicos, a quienes pronunciaban discursos, y a quienes enseñaban nuevas ideas.
Los libros fueron vigilados, las imprentas controladas, las reuniones observadas.
La Corona comprendía que las revoluciones no nacen únicamente en los campos de batalla, también nacen en las palabras, y por eso intentó controlar ambas.
El país volvió a vivir bajo el miedo
En muchas poblaciones regresó el silencio. Hablar de independencia podía convertirse en una sentencia.
Numerosos dirigentes huyeron hacia los Llanos Orientales o buscaron refugio en otros territorios. Otros permanecieron ocultos, mientras algunos continuaron organizando la resistencia de manera clandestina. La esperanza parecía desvanecerse.
Muchos pensaron que el proceso iniciado el 20 de julio de 1810 había terminado definitivamente.
España volvía a controlar buena parte del territorio, y parecía que todo había sido en vano.
Pero Morillo cometió un error
La violencia logró recuperar ciudades, recuperó instituciones, y recuperó edificios públicos, pero nunca consiguió recuperar la confianza de una parte importante de la población.
Cada fusilamiento producía nuevos inconformes, cada confiscación generaba nuevos enemigos, cada ejecución dejaba familias enteras dispuestas a continuar la lucha.
Sin proponérselo, el propio régimen de terror comenzó a fabricar una nueva generación de patriotas.
La independencia ya no era solamente un proyecto político de algunos criollos, comenzaba a convertirse en una causa mucho más amplia, y esa transformación cambiaría definitivamente el curso de la guerra.
¿Fue inevitable la Reconquista española?
Esta es una de las preguntas más debatidas por los historiadores de la Independencia.
¿Podía España recuperar el control de la Nueva Granada? ¿O fueron las divisiones internas las que facilitaron su regreso?
En realidad no existe una respuesta única; no la encontramos en todo nuestro recorrido por esta historia.
Sería simplista afirmar que la Reconquista ocurrió únicamente por culpa de los enfrentamientos entre centralistas y federalistas.
Pero también sería ingenuo ignorar que la desunión de las provincias neogranadinas redujo considerablemente su capacidad de resistencia.
La historia demuestra que las guerras no se ganan únicamente con valor, también se ganan con organización, con liderazgo, con disciplina, con objetivos comunes, pero sobre todo, con unidad.
Ese fue precisamente el recurso que comenzó a escasear en la Nueva Granada después del 20 de julio de 1810.
Una independencia que todavía no existía
Cuando hoy recordamos el proceso emancipador solemos imaginar una nación ya constituida luchando contra un imperio extranjero.
La realidad era muy distinta, la Colombia que hoy conocemos aún no existía. No existía una identidad nacional plenamente consolidada.
Muchos habitantes seguían identificándose primero con su provincia, su ciudad o incluso con su localidad.
Decían ser cartageneros, antioqueños, tunjanos, socorranos o payaneses, antes que integrantes de una nación llamada Colombia.
Ese sentimiento nacional tendría que construirse lentamente durante las décadas siguientes, y construir una identidad compartida suele ser una de las tareas más difíciles para cualquier Estado naciente.
Por eso resulta injusto juzgar a los protagonistas de 1810 como si hubieran contado con la experiencia acumulada por dos siglos de vida republicana.
Ellos estaban intentando responder preguntas para las cuales no existían respuestas previamente escritas.
La política aprendió a dividir antes que a unir
Quizá una de las herencias más profundas de aquellos años no fue militar, fue política; pues véase que hasta nuestros días sigue ocurriendo. Desgraciadamente la política, un arte que debería servir para unir para un bien común, desune.
La independencia dejó al descubierto una realidad que acompañaría al país durante buena parte de su historia. La enorme dificultad para transformar las diferencias en consensos duraderos.
Desde entonces, Colombia conocería numerosas guerras civiles, Constituciones reemplazadas por otras, Reformas impulsadas para corregir las anteriores, Partidos políticos enfrentados.
Además, Regiones compitiendo por mayores cuotas de poder, y una permanente discusión sobre el equilibrio entre el gobierno nacional y las autonomías territoriales.
Sería un error histórico afirmar que todos esos conflictos nacieron durante la Patria Boba.
Pero aquel período sí mostró, por primera vez, que la construcción de una nación requería mucho más que expulsar a un enemigo externo. Requería aprender a convivir entre quienes pensaban distinto.
Una lección que, 216 años después, sigue conservando plena vigencia.
Mientras unos discutían el futuro, otros preparaban la guerra.
Era necesario recuperar los territorios que habían desafiado la autoridad de la Corona.
No se trataba únicamente de restablecer el orden, también debía enviarse un mensaje contundente a las demás colonias americanas. La desobediencia tendría consecuencias.
Para cumplir esa misión fue organizada una gran expedición militar.
Miles de soldados cruzarían el Atlántico, buques de guerra, artillería, municiones, y oficiales veteranos.
Todo bajo el mando de un hombre cuya llegada sembraría uno de los períodos más oscuros de nuestra historia. Pablo Morillo.
Su nombre comenzaría a producir miedo incluso antes de desembarcar. Y no era para menos.
Había recibido instrucciones precisas, recuperar el territorio, restablecer la autoridad del rey, y castigar ejemplarmente a quienes habían promovido la insurrección.
Lo que estaba por comenzar ya no sería una discusión entre proyectos políticos, sería una guerra total.
La independencia dejó de ser un debate
Hasta ese momento muchos dirigentes todavía confiaban en que las diferencias podrían resolverse mediante acuerdos políticos.
La llegada de la expedición española cambiaría completamente ese escenario.
La negociación dejaría paso a la represión, los cabildos serían intervenidos, las juntas desaparecerían, los principales dirigentes independentistas comenzarían a ser perseguidos, y,
Los juicios sumarísimos sustituirían los debates públicos, la política empezaría a escribirse con sentencias de muerte, y la historia colombiana entraba así en uno de sus capítulos más dramáticos.
Para reflexionar
La historia suele enseñarse como una sucesión de héroes y batallas, pero quizá las preguntas más importantes sean otras.
- ¿Puede consolidarse una democracia cuando quienes la construyen no logran ponerse de acuerdo sobre las reglas básicas de convivencia?
- ¿Hasta qué punto las divisiones internas facilitaron el regreso del dominio español?
- ¿Habría sido diferente la historia si las provincias hubieran actuado unidas desde el comienzo?
Por más que lo escudriñamos en libros y fuentes oficiales muy fidedignas, en COLEXRET no podemos responder con absoluta certeza, y quizá nunca nadie pueda hacerlo.
Lo que sí descburimos, y podemos asegurar, es que las decisiones tomadas entre 1810 y 1815 marcaron profundamente el futuro político del país, y dejaron una enseñanza que atraviesa generaciones, como fue:
Una nación puede conquistar la libertad frente a un poder extranjero, pero seguirá siendo frágil si no aprende a construir unidad dentro de sus propias diferencias.
Cuando los barcos españoles aparecieron frente a las costas de la Nueva Granada, muchos comprendieron demasiado tarde que el verdadero peligro nunca había desaparecido.
Comenzaban los años del miedo; las cárceles empezaron a llenarse; los tribunales militares dictaban condenas con rapidez, y las plazas públicas dejaron de ser escenarios de celebración para convertirse en lugares de fusilamiento.
Hombres y mujeres que pocos años antes habían soñado con una patria libre serían perseguidos como traidores.
Algunos morirían, otros huirían, muchos perderían todos sus bienes, y miles de familias quedarían marcadas para siempre.
La historia demuestra que el miedo puede imponerse durante un tiempo, silenciar, perseguir, encarcelar, e incluso matar. Pero rara vez consigue borrar las ideas que pretende destruir.
La Reconquista Española dejó miles de víctimas y enormes sufrimientos, sin embargo, también produjo un efecto inesperado. Terminó convenciendo a muchos indecisos de que la reconciliación con la Corona era cada vez más difícil.
Paradójicamente, el Terror de Morillo fortaleció el deseo de independencia que pretendía extinguir.
Fuentes consultadas: Archivo General de la Nación, Biblioteca Luis Ángel Arango – Banco de la República, Biblioteca Nacional de Colombia, Academia Colombiana de Historia, Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia, DANE, Organización Internacional para las Migraciones (OIM), Naciones Unidas, Banco Mundial, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, Constitución Política de Colombia, SUIN-Juriscol y bibliografía especializada sobre la Independencia de Colombia y la historia republicana.
NOTA: Al finalizar esta investigación en el artículo 10, describiremos cada una de las fuentes que nos sirvieron de base para esta investigación junto con los enlaces para las respectivas comprobaciones y/o consultas que se requieran. Obviaremos los datos de las personas particulares (Colombianos con 20, 30, y más años residentes en el exterior), a petición de ellos mismos.


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