El 20 de julio de 1810, la historia que casi nunca nos contaron
¿Y si casi todo lo que creemos saber fuera apenas una pequeña parte de la historia?
Hay acontecimientos que cambian el destino de una nación, y hay otros que, además de cambiarlo, terminan convirtiéndose en símbolos. El 20 de julio de 1810 pertenece a ambas categorías.
Probablemente ningún episodio histórico colombiano haya sido tan recordado, conmemorado, representado en pinturas, dramatizado en actos escolares y resumido en tan pocas palabras como el ocurrido aquel viernes en Santafé.
Todos creemos conocer la historia.
Un comerciante español llamado José González Llorente se negó a prestar un florero; los criollos se indignaron; la multitud reaccionó; se produjo un levantamiento popular, y Colombia inició su independencia.
Así nos la enseñaron, así la aprendimos, así la hemos repetido durante generaciones; pero la historia real comienza mucho antes de que alguien pronunciara la palabra «florero».
Comienza incluso antes de que existiera el Virreinato de la Nueva Granada. Comienza al otro lado del océano Atlántico. En una Europa convulsionada por guerras, revoluciones y ambiciones imperiales que terminarían alterando el destino de millones de personas que jamás habían pisado el continente europeo.
Mientras los habitantes de Santafé desarrollaban su vida cotidiana entre iglesias, mercados, haciendas y caminos coloniales, el Imperio español empezaba a mostrar señales de un profundo desgaste político, económico y administrativo.
La Corona enfrentaba dificultades financieras, las reformas borbónicas habían incrementado los impuestos, las restricciones comerciales afectaban a numerosos sectores.
Los criollos (españoles nacidos en América), comenzaban a reclamar una mayor participación en los cargos públicos, reservados en buena parte para funcionarios enviados desde la Península ibérica.
Las tensiones crecían lentamente. No eran nuevas ni surgieron de un día para otro. Mucho antes de 1810 ya existían inconformidades que recorrían distintos territorios del imperio.
Y, sin embargo, nada de eso habría sido suficiente para desencadenar los acontecimientos que hoy conmemoramos si, a miles de kilómetros de distancia, no hubiera ocurrido un hecho que cambiaría la historia del mundo.
En 1808, Napoleón Bonaparte invadió España, el rey Carlos IV abdicó, Fernando VII también fue obligado a renunciar, José Bonaparte ocupó el trono español, y por primera vez en siglos, el inmenso imperio quedaba sumido en una crisis de legitimidad sin precedentes.
La pregunta dejó de ser militar para convertirse en jurídica; y sobre todo, política.
Si el rey ya no gobernaba, ¿quién tenía entonces la autoridad para hacerlo en su nombre?
Aquella discusión cruzó el océano, llegó a América, y empezó a dividir opiniones en todos los territorios españoles. La Nueva Granada no fue la excepción.
Sin que la mayoría de la población pudiera imaginarlo, el escenario estaba preparado para uno de los procesos políticos más trascendentales de nuestra historia.
Pero esa historia aún no había llegado al famoso florero, todavía faltaban muchos protagonistas por entrar en escena.
Un virreinato aparentemente tranquilo…pero lleno de tensiones
A comienzos del siglo XIX, la Nueva Granada no era un territorio en guerra, tampoco vivía una revolución abierta contra España.
Quien hubiera recorrido las calles de Santafé durante aquellos años habría encontrado una ciudad que, en apariencia, conservaba el mismo orden colonial que había caracterizado a los dominios españoles durante generaciones.
Las campanas de las iglesias marcaban el ritmo cotidiano, los comerciantes abrían sus negocios alrededor de la Plaza Mayor, los funcionarios del rey administraban la justicia y la hacienda pública, las autoridades eclesiásticas ejercían una enorme influencia sobre la vida política, social y educativa, y la inmensa mayoría de la población continuaba ocupándose de sobrevivir en una sociedad profundamente desigual.
Pero bajo esa aparente tranquilidad comenzaban a acumularse tensiones que, aunque invisibles para muchos, terminarían modificando el rumbo de la historia.
La sociedad colonial estaba organizada en una rígida estructura de privilegios. En la cúspide se encontraban los funcionarios enviados desde España, conocidos como peninsulares, quienes ocupaban buena parte de los cargos más importantes de la administración pública, la justicia, el ejército y el comercio. Un escalón más abajo estaban los criollos, hijos de españoles nacidos en América.
Muchos eran propietarios de tierras, comerciantes, abogados, sacerdotes, militares o intelectuales. Poseían riqueza, influencia y prestigio social, pero veían limitadas sus posibilidades de acceder a los principales cargos del gobierno colonial.
Más abajo aparecía la inmensa mayoría de la población, mestizos, indígenas, afrodescendientes (libres y esclavizados), campesinos y artesanos, quienes soportaban gran parte de las cargas económicas del sistema colonial y tenían una participación muy reducida en las decisiones políticas.
Era una sociedad profundamente estratificada, y esa desigualdad alimentaba inconformidades de distinta naturaleza. Sin embargo, sería un error afirmar que toda la población deseaba la independencia. La realidad era mucho más compleja.
Había quienes defendían la continuidad del dominio español, otros aspiraban únicamente a reformas administrativas, algunos reclamaban mayor autonomía política, y un grupo todavía reducido comenzaba a imaginar la posibilidad de romper definitivamente el vínculo con la Corona.
No existía una sola idea de país, ni un único proyecto político. Ni siquiera un consenso sobre el futuro. Lo que existía era una profunda incertidumbre, y precisamente esa incertidumbre sería el combustible que alimentaría los acontecimientos de 1810.
Los criollos entre la lealtad y la inconformidad
Con frecuencia se presenta a los criollos como los grandes libertadores de América. La afirmación contiene parte de verdad, pero también requiere matices.
Los principales dirigentes del movimiento del 20 de julio pertenecían, en su mayoría, a las élites económicas e intelectuales del Virreinato. Eran hombres educados. Muchos habían estudiado derecho, filosofía o teología.
Conocían las ideas de la ilustración europea. Leían a Montesquieu, Rousseau, Locke y otros pensadores que defendían principios como la separación de poderes, la soberanía de los pueblos y ciertos derechos individuales. Pero también eran hombres con intereses concretos.
Querían participar en el gobierno, aspiraban a tener mayor autonomía para administrar los asuntos locales, cuestionaban las restricciones comerciales impuestas por la Corona, y consideraban injusto que muchos de los cargos más importantes fueran ocupados por funcionarios llegados desde España.
Eso no significa que todos buscaran una ruptura inmediata con la monarquía. Por el contrario, muchos continuaban declarándose fieles al rey Fernando VII.
Su desacuerdo no era necesariamente con la figura del monarca, era con el sistema de gobierno que limitaba la participación de los americanos en la administración de sus propios territorios.
Comprender esta diferencia resulta fundamental porque demuestra que la historia no se divide entre patriotas heroicos y españoles opresores.
Existían intereses, alianzas y posiciones mucho más diversas de lo que la historia tradicional suele mostrar.
El ambiente ya estaba preparado
Cuando se recuerda el 20 de julio de 1810, suele olvidarse que aquella no fue la primera manifestación de inconformidad en la Nueva Granada.
Tres décadas antes, entre 1781 y 1782, había estallado la Insurrección de los Comuneros, uno de los movimientos sociales más importantes del período colonial.
Campesinos, artesanos, comerciantes y pequeños propietarios se levantaron contra el aumento de impuestos y otras medidas económicas impuestas por las Reformas Borbónicas.
Aunque aquel movimiento fue finalmente reprimido y sus principales compromisos incumplidos, dejó una enseñanza que muchos criollos no olvidarían, el descontento popular podía convertirse en una poderosa fuerza política.
También circulaban noticias de acontecimientos que estaban transformando el mundo, tales como:
- La independencia de los Estados Unidos.
- La Revolución Francesa.
- Las luchas emancipadoras que comenzaban a surgir en otros territorios de América.
- Las invasiones napoleónicas en Europa.
Cada uno de esos episodios alimentaba discusiones en tertulias, universidades, conventos y círculos intelectuales de Santafé.
La idea de un cambio político dejaba de parecer imposible. No porque todos lo desearan, sino porque el mundo entero estaba cambiando.
La mañana del 20 de julio no fue producto del azar
Durante mucho tiempo se creyó que todo ocurrió de manera espontánea, que una discusión fortuita terminó provocando una reacción popular inesperada. Hoy esa explicación resulta insuficiente.
La mayoría de los historiadores coincide en que varios dirigentes criollos llevaban días, e incluso semanas, buscando el momento más conveniente para provocar una situación que permitiera presionar la creación de una Junta de Gobierno.
No se trataba de improvisar una revolución, se trataba de aprovechar un contexto excepcional. Eligieron entonces un viernes por una razón muy concreta,
Ese día la Plaza Mayor recibía visitantes procedentes de distintas poblaciones cercanas que acudían al mercado semanal, había más gente, más movimiento, y más posibilidades de que un incidente se difundiera rápidamente.
Los protagonistas también estaban cuidadosamente seleccionados. Nada parecía dejarse completamente al azar.
Lo que aún ignoraban era que, una vez iniciado el proceso, los acontecimientos escaparían del control de casi todos sus promotores, y fue entonces cuando un objeto, destinado inicialmente a ser apenas un pretexto político, terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más famosos de toda la historia colombiana.
Ese objeto era el llamado Florero de Llorente.
Pero, como veremos a continuación, el florero nunca fue el verdadero protagonista de aquella jornada.
El Florero de Llorente: el objeto más famoso de Colombia, y quizá el más mal interpretado de nuestra historia
Pocas piezas históricas han alcanzado en Colombia el nivel de simbolismo del llamado Florero de Llorente.
Su imagen aparece en los libros escolares, ha sido reproducida en pinturas, ilustraciones, monumentos y actos conmemorativos.
Para millones de colombianos representa el punto exacto donde comenzó la independencia nacional. Sin embargo, la pregunta que pocos se hacen es:
¿Realmente todo ocurrió por un florero?
La respuesta corta es no. El florero nunca fue la causa de la independencia.
Fue, en el mejor de los casos, el detonante cuidadosamente escogido para provocar una reacción que ya venía preparándose desde tiempo atrás.
La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la interpretación histórica.
Si el conflicto hubiera surgido únicamente por la negativa de un comerciante a prestar un objeto de su propiedad, probablemente la discusión habría terminado allí mismo.
Lo que convirtió aquel incidente en un hecho histórico fue el contexto político que lo rodeaba.
El ambiente estaba cargado de tensiones, las noticias provenientes de Europa generaban incertidumbre, los criollos discutían cada vez con mayor frecuencia sobre la legitimidad del poder colonial, la ciudad era un escenario propicio para una demostración pública de inconformidad.
El florero fue simplemente la chispa. El incendio llevaba años acumulando combustible.
¿Quién era realmente José González Llorente?
La historia oficial convirtió a José González Llorente en el antagonista perfecto.
Durante mucho tiempo fue presentado como el español arrogante que, movido por su desprecio hacia los criollos, provocó sin proponérselo el nacimiento de una nueva nación.
Sin embargo, los documentos históricos muestran una realidad bastante más compleja.
Llorente era un comerciante español establecido desde hacía varios años en Santafé, había construido una importante actividad mercantil, mantenía relaciones comerciales con numerosas familias influyentes de la ciudad, estaba integrado a la vida económica local, e incluso mantenía vínculos familiares con personas nacidas en América.
No era un desconocido, tampoco un personaje particularmente aislado dentro de la sociedad santafereña. Por esa razón fue elegido.
Los organizadores sabían perfectamente quién era, conocían su temperamento, conocían sus opiniones, y sobre todo, sabían que cualquier incidente protagonizado por un comerciante peninsular podía ser utilizado para despertar el descontento existente entre buena parte de la población.
La elección difícilmente fue casual,
Una provocación cuidadosamente preparada
Según la versión más aceptada por numerosos historiadores, un grupo de criollos había diseñado un plan relativamente sencillo.
Solicitarían a Llorente el préstamo de un elegante florero para adornar la mesa durante un supuesto homenaje al comisionado real Antonio Villavicencio, cuya llegada era esperada en Santafé.
Si el comerciante aceptaba, buscarían otra forma de generar el incidente. Si se negaba, aprovecharían la respuesta para presentarla como una muestra del desprecio de los peninsulares hacia los americanos.
Lo importante no era el objeto, lo importante era producir una reacción pública.
No todos los detalles del episodio pueden reconstruirse con absoluta certeza, pues algunas versiones difieren en aspectos específicos.
Existen testimonios escritos años después de los hechos, hay relatos que se contradicen parcialmente entre sí. Y precisamente por ello la historiografía moderna ha sido mucho más prudente al reconstruir lo sucedido.
Lo que sí parece claro es que el altercado fue utilizado inmediatamente como argumento para movilizar a la población reunida alrededor de la Plaza Mayor.
El conflicto dejó de pertenecer al interior de una tienda para convirtirse en un asunto político.
Cuando la multitud tomó el protagonismo
Existe otro error frecuente en la forma como recordamos el 20 de julio.
Solemos imaginar una multitud perfectamente organizada, consciente de estar protagonizando el nacimiento de un nuevo país; nada indica que las cosas ocurrieran de manera tan simple.
La población reaccionó de distintas maneras, algunos comprendían el trasfondo político del momento, otros acudieron movidos por la curiosidad, mientras muchos otros simplemente siguieron el movimiento de la multitud.
En una época sin radio, sin televisión, sin redes sociales y con enormes limitaciones en las comunicaciones, los rumores circulaban con rapidez y cambiaban de una calle a otra.
Lo que para unos era una discusión comercial, para otros ya representaba un conflicto político entre españoles y americanos.
La tensión aumentó durante toda la jornada; los dirigentes criollos aprovecharon el momento; los discursos comenzaron a multiplicarse; las presiones sobre las autoridades crecieron, y poco a poco la discusión dejó de girar alrededor de un comerciante para centrarse en una pregunta mucho más trascendental:
¿Quién debía gobernar la Nueva Granada mientras España permanecía sumida en la crisis?
La intervención que cambió el rumbo de la jornada
En medio de aquella agitación apareció una de las figuras más recordadas del 20 de julio, José Acevedo y Gómez, conocido posteriormente como el Tribuno del Pueblo. Su intervención buscó evitar que la movilización se dispersara.
La tradición histórica le atribuye un llamado enérgico a la población para mantener la presión sobre el Cabildo y no abandonar las calles hasta lograr la creación de una Junta de Gobierno.
Con el paso de los años, sus palabras adquirieron un carácter casi legendario.
Algunas frases fueron transmitidas por la memoria colectiva más que por registros contemporáneos.
Como ocurre con muchos episodios históricos, distinguir entre la cita exacta y la reconstrucción posterior no siempre resulta sencillo.
Lo importante, sin embargo, no es únicamente el contenido del discurso, es el efecto que produjo.
La movilización dejó de ser un incidente aislado, para convirtirse en un acontecimiento político de enorme trascendencia.
Las autoridades comprendieron que la situación difícilmente podría regresar al punto de partida.
La Junta Suprema: un triunfo con muchos interrogantes
Al finalizar aquella intensa jornada se constituyó una Junta Suprema de Gobierno.
Para muchos, aquel fue el gran triunfo del 20 de julio, pero aquí aparece una de las mayores sorpresas de toda esta historia.
La Junta no declaró inmediatamente una ruptura absoluta con España, sino por el contrario, en sus primeros actos manifestó gobernar en nombre del rey Fernando VII, quien permanecía prisionero de Napoleón.
Dicho de otra manera, muchos de los protagonistas del 20 de julio todavía reconocían la legitimidad del monarca español, lo que rechazaban era la forma como estaba siendo administrado el poder durante su ausencia.
Este hecho suele desconcertar a quienes crecieron creyendo que el 20 de julio fue el día en que Colombia proclamó definitivamente su independencia.
No fue así. Aquel viernes terminó una etapa pero la verdadera lucha por la independencia apenas comenzaba. Y sería mucho más larga, mucho más dolorosa y mucho más sangrienta de lo que cualquiera de los presentes podía imaginar.
Fuentes consultadas: Archivo General de la Nación, Biblioteca Luis Ángel Arango – Banco de la República, Biblioteca Nacional de Colombia, Academia Colombiana de Historia, Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia, DANE, Organización Internacional para las Migraciones (OIM), Naciones Unidas, Banco Mundial, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, Constitución Política de Colombia, SUIN-Juriscol y bibliografía especializada sobre la Independencia de Colombia y la historia republicana.
NOTA: Al finalizar esta investigación en el artículo 10, describiremos cada una de las fuentes que nos sirvieron de base para esta investigación junto con los enlaces para las respectivas comprobaciones y/o consultas que se requieran. Obviaremos los datos de las personas particulares (Colombianos con 20, 30, y más años residentes en el exterior), a petición de ellos mismos.


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